La labor de nuestro nuevo Ministerio de Medioambiente es sin duda un desafío de gran envergadura, no sólo por la complejidad técnica y política que los temas a tratar conllevarán, sino que también porque increíblemente tendrá que decidir entre despojarse de (o arroparse con) las cálidas y confortables vestiduras que ofrece el léxico del discurso medioambiental. La nueva Ministra, o al menos sus asesores, deberán plantearse es si estos “conceptos privilegiados” del discurso medioambiental son favorecidos en nuestro país simplemente sobre la base de su apelación metafórica, su “sugestividad”, antes que por su habilidad para promover cursos de acción pragmáticos. ¿Son estos “keywords” solamente dispositivos retóricos que sirven para un objetivo estratégico particular, difiriendo la acción antes que estimulándola? ¿Estos términos solamente “dan a entender” antes que asistir activamente en la “producción” de consenso y acuerdos? Como una ilustración muy reducida tomemos de Bourke y Meppem el análisis del concepto de “sustentabilidad”.
Por una parte, el concepto de “sustentabilidad” ofrece acomodar y mediar el conflicto entre las urgentes presiones medioambientales y las demandas de desarrollo económico, el término sugiere un delicado equilibrio entre medioambiente sustentable y crecimiento-desarrollo sustentables. La narrativa afirmativa del concepto “sustentabilidad” nos ofrece una imagen de armónica integración de las necesidades presentes y de las generaciones futuras. Nos regala una construcción imaginaria de “totalidad” social, un “espacio unitario” donde lo económico y lo ambiental son homogenizados. Por otro lado, el concepto es articulado por una narrativa menos optimista y dependiendo de los oradores hasta más oscura podríamos decir. El término descansa en el concepto de “sostener” o “mantener”, y solo un ligero giro semántico permite interpretarlo como un principio de cambio. En otras palabras, “sustentabilidad” puede y claramente ha sido usada retóricamente para justificar políticas de status quo, para “contener” incrementos en el nivel de explotación de recursos naturales y mantener el actual nivel de daño o degradación ambiental. En otras palabras, el concepto puede ser fácilmente abrazado por una ideología política conservadora, la que habitualmente se resiste al cambio. Dada la dominancia de las políticas económicas sobre las ambientales, es difícil apreciar la imagen unitaria y consensual de “sustentabilidad”.
“Sustentabilidad” ofrece su propia narrativa épica de integración armónica y, al igual que el concepto de “comunidad”, nos ofrece un “momento utópico”, una visión de un “mundo compartido” que tememos haber perdido. Sin embargo, sólo podemos imaginar la promesa afirmativa del delicado balance de la “sustentabilidad”, si somos críticamente conscientes de su potencialidad para apoyar una lógica política-económica que habitualmente se resiste al cambio (Nunca leyeron ¿Quién se llevo mi queso?). Si no estamos suficientemente conscientes de este problema, “sustentabilidad” vendrá sólo a representar una apelación a la cautela en el uso y preservación de recursos naturales, y por otro lado la gran narrativa del progreso económico continuará dominando.


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